jueves, 6 de enero de 2011


Mientras miramos la televisión

Por Jorge Bruce


Hay un acantilado en la costa, desde donde puede observarse un espectáculo poderoso y sugerente: el mar agitado se estrella contra el farallón, formando una contraola, la cual retrocede con fuerza y se estrella contra la ola siguiente, generando un enorme estallido de agua proyectado hacia el firmamento. He recordado esta imagen al pensar en las dos corrientes que pugnan en nosotros, los peruanos de este tiempo. De un lado un optimismo euforizante, promovido por el gran crecimiento económico. Los visitantes del extranjero, sobre todo compatriotas que retornan tras ausencias prolongadas, lo resumen en dos palabras: “hay plata”.

Pero la economía no es lo único que crece.

También lo hacen la anomia, la violencia y la inseguridad. No son efectos inevitables del incremento de riqueza. Más bien de la imprevisión, la incompetencia y el desinterés político. Si hubiera que elegir una causa maestra –no es un plato de Mistura– ésta sería la corrupción.

Como dice César Hildebrandt en “Hasta el poto”, el último editorial de su semanario: “Alguien está robando y a manos llenas mientras nosotros miramos la televisión”. Esta es la contraola. Nos regodeamos con las “revelaciones” de lobbies oscuros, la falta de escrúpulos de Barrón u Osterling intentando restañar las heridas narcisistas de Lourdes (que ni por esas dice culo), la campaña de difamación contra Susana Villarán a punta de portadas montesinistas. Constatamos que seguimos a merced de grupos mafiosos, destilando chuponeos en su agenda de autoritarismo e impunidad, con la complicidad de ciertos medios, mientras los negociados continúan en el más alto nivel del Estado. El nombre Odebrecht, por ejemplo, significa “ábrete Sésamo” desde la época de Toledo.

Esa corrupción es consistente con el abandono de la seguridad ciudadana. El asesinato del empresario arequipeño Mejía nos ha conmocionado. No es que su muerte sea más atroz que la de un cambista. Que esto ocurra al mediodía en el distrito más rico del país es lo aterrador. El mensaje de los marcas es como un fogonazo: nadie está a salvo. Y tienen razón esos profesionales, pues Interior los deja trabajar.

Las buenas noticias, como el fabuloso éxito de Mistura, o la postura ética memorable de Mario Vargas Llosa, con su carta de renuncia que se tumbó el decreto 1097 y las pretensiones de impunidad de Rey y Giampietri, no deben ocultarnos el rumbo de nuestras falencias: dependemos de líderes excepcionales porque carecemos de instituciones sólidas. Sin Acurio, el festival gastronómico acaso no sea lo mismo. Sin el escritor, el decreto quizás estaría en pie –como siguen los correlativos– y Rey en su puesto, aunque Alan García haya ensayado una débil negación.

A su pesar, esos dos personajes que encarnan aspectos creativos y vitales, también ocupan el lugar de caudillos en el imaginario nacional. No es lo mismo, claro, ser un caudillo como Fujimori o García, hermanos en el deseo de perpetuarse a cualquier precio. Pero en tanto seamos una multitud atrasada y violenta, supeditada al carisma o la manipulación, seguiremos bajo el imperio de la ley del más fuerte. ¿Y cuando pase la fiebre del oro? ¿Cambiaremos de canal?

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